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Si el pronóstico es unánime, párate y reflexiona

En los últimos años, los efectos del cambio climático han aumentado en intensidad y frecuencia: continuas sequías, tormentas, olas de calor e inundaciones son solo algunas de las consecuencias que estamos sufriendo. Tal como el calentamiento global ha dificultado considerablemente las previsiones meteorológicas, la pandemia de COVID-19 ha traído consigo acontecimientos económicos sin precedentes y un entorno más incierto.

En 2020, la economía mundial entró en punto muerto y requirió estímulos desconocidos hasta la fecha, tanto a nivel fiscal como por parte de los bancos centrales. La recuperación, igualmente excepcional, comenzó con el boom del consumo de productos, al que siguió una fuerte recuperación del sector servicios cuando las economías volvieron a abrirse y los consumidores pudieron abandonar el confinamiento. La primera fase provocó interrupciones en la cadena de suministro; con la segunda, vinieron los mercados laborales restringidos y la inflación aumentó hasta unos niveles que no se habían alcanzado en varios decenios (aumento que se vio aún más agravado por la guerra en Ucrania y la crisis energética). En consecuencia, los bancos centrales acabaron subiendo los tipos oficiales: 525 puntos básicos en Estados Unidos en menos de un año y medio. Sorprendentemente, la economía estadounidense ha mantenido una resiliencia notable, prueba del excepcionalismo estadounidense, que se ha visto aún más impulsado por el despegue de la inteligencia artificial, ya que las superestrellas de la IA son casi todas estadounidenses.

El año pasado, la gran mayoría de los expertos en economía estaban convencidos de que el pronunciado aumento de los tipos de interés conduciría a una recesión económica en Estados Unidos. Desde entonces, su opinión ha cambiado radicalmente. En consonancia con los sólidos datos, ahora están convencidos de que los bancos centrales conseguirán un aterrizaje suave o, mejor dicho, un no aterrizaje, junto con una desinflación inmaculada. Según la astuta definición del profesor y escritor canadiense Laurence J. Peter: “Un economista es un experto que mañana sabrá por qué las cosas que predijo ayer no han sucedido hoy”. Hacer pronósticos es un ejercicio inútil y, a menudo, resulta más práctico cuestionar las opiniones de los eruditos y pensar en qué podría salir mal.

Ya hay algunas señales que apuntan a una desaceleración. El índice de sorpresas económicas de Citigroup ha presentado una tendencia a la baja durante todo el año, revirtiendo la tendencia alcista que vimos durante el año pasado. Y, lo que es más importante, tras haber liderado la recuperación y haber crecido muy por encima de la tendencia, los datos de consumo se están suavizando. Las ventas minoristas en lo que va del año parecen débiles. Aunque todavía se encuentra en niveles muy bajos, la tasa de desempleo ha ido subiendo durante el último año y la morosidad crediticia está aumentando. En lo que se refiere al gasto público, la deuda estadounidense parece haber tomado un rumbo insostenible y el próximo presidente se verá obligado a controlar el gasto fiscal. Por último, aunque la inteligencia artificial ha impulsado el gasto en inversión y el crecimiento de Estados Unidos, todavía no ha dado lugar al aumento de la productividad que sería necesario para situar el crecimiento económico en una tendencia estructural ascendente sólida.

En cuanto a la inflación, si analizamos los datos históricos, después de períodos de inflación alta, el último tramo del descenso siempre es el más difícil de lograr. La parte fácil del trabajo ya está hecha, puesto que se han resuelto las interrupciones en la cadena de suministro y los precios de la energía han bajado. No obstante, los salarios aún suponen un problema y hay tendencias estructurales, como la transición energética y el aumento de los aranceles, que están ejerciendo una presión al alza sobre los precios. Incluso si se produjese una desaceleración del crecimiento económico, la inflación persistiría. Y ese es el problema, el consenso opina que la inflación retomará su tendencia a la baja, permitiendo a la Reserva Federal recortar los tipos rápidamente, a pesar de que esta previsión se ha descartado en numerosas ocasiones en el pasado. Unos tipos altos prolongados durante más tiempo también ejercerán presión sobre el consumidor y la economía en general.

Como dijo Mark Twain: “Cuando te encuentres del lado de la mayoría, ha llegado el momento de pararte y reflexionar”. El escenario de desinflación, no aterrizaje y recorte de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal previsto por el consenso revela bastantes incongruencias. Hay que tener en cuenta que el gasto en consumo personal representa casi el 70% del PIB y, si se confirma la desaceleración del consumo, las perspectivas unánimes podrían cambiar de forma bastante radical.