Hace unas semanas nos enfrentábamos a un grave problema geopolítico. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán tenía a los inversores en vilo ya que los buques petroleros no podían atravesar el estrecho de Ormuz y la infraestructura energética de los Estados del Golfo estaba siendo atacada con drones y misiles. El precio del crudo Brent alcanzó casi los 120 dólares por barril y los países que dependen de la energía del golfo Pérsico comenzaron a entrar en pánico. El índice S&P 500 se desplomó aproximadamente un 10 %, pero eso no reflejaba la situación completa, ya que muchas acciones muy capitalizadas registraron caídas mucho mayores. El índice de semiconductores, por ejemplo, cayó un 17 % debido a las interrupciones en las cadenas de suministro con sede en Asia provocadas por la posible escasez de energía.
Sin embargo, en el último día de negociación de marzo, comenzó una fuerte recuperación que se prolongaría durante dos semanas y llevaría al S&P 500 y al Nasdaq a nuevos máximos históricos. Este increíble repunte comenzó con informes sobre posibles negociaciones entre Estados Unidos e Irán para reducir la tensión en el conflicto, lo que desencadenó un fuerte sentimiento de mayor propensión al riesgo. Las negociaciones dieron como resultado un frágil alto el fuego de dos semanas, pero a los pocos días del acuerdo el Gobierno de Estados Unidos decidió bloquear los puertos iraníes. Sorprendentemente, el mercado no le ha dado ninguna importancia. Resulta evidente que el mercado ya está dejando atrás este conflicto y descontando un resultado positivo.
Es imposible que un cambio de actitud con respecto al conflicto con Irán sea el único factor que esté impulsando el mercado, y por supuesto, no lo es. Una vez superadas las perturbaciones geopolíticas a corto plazo, el mercado se rige fundamentalmente por los beneficios. La tasa de crecimiento estimada de los beneficios para el primer trimestre es del 12,5 %, lo que supone un ligero descenso desde el inicio del conflicto, pero aun así seguirá siendo el sexto trimestre consecutivo de crecimiento de dos dígitos en los beneficios. Este periodo de presentación de resultados, al igual que la mayoría de los de los últimos años, estará marcado por el sector tecnológico. Su tasa de crecimiento estimada es del 44,4 %, lo que supone una contribución de 10,2 puntos porcentuales a la tasa de crecimiento del 12,5 % del S&P 500. Así pues, un solo sector representa, en la práctica, el 80 % de la tasa de crecimiento agregada. Es importante destacar que este sector está impulsado por el desarrollo de la IA y la frenética carrera por construir centros de datos. Estas son cuestiones que no son consecuencia directa de un conflicto en Oriente Medio.
El siguiente factor más importante en el crecimiento de los beneficios es el sector financiero, del que se espera que represente menos de tres puntos porcentuales de crecimiento, mientras que la contribución del resto de sectores es prácticamente insignificante. Mientras escribo este artículo, los principales bancos estadounidenses ya han presentado sus resultados y, en general, todo ha ido bien. Con la excepción de un Jamie Dimon siempre demasiado cauto, los bancos apenas han mencionado la incertidumbre relacionada con el conflicto y también han restado importancia al otro gran temor (el crédito privado).
Si bien los petroleros aún no pueden transitar libremente por el estrecho de Ormuz, el mercado parece navegar con facilidad, impulsado por un dinamismo en las ganancias que a los inversores les resulta difícil ignorar.
Cierre de redacción 20 de abril del 2026