Seguramente uno de los cargos más importantes del planeta sea el de presidente de la Reserva Federal. Por la importancia de su economía, pero sobre todo porque el dólar es la moneda reserva del planeta. Las divisas, los costes de financiación y los movimientos de capital de buena parte del planeta bailan al son de la música que tocan en la Fed. Para los mercados financieros, hace además las veces de red salvavidas ante cualquier adversidad (la famosa “Fed put”). Tal vez lo anterior haya minimizado la aversión al riesgo más de lo debido, toda vez que se estimula a los inversores a intentar el triple salto mortal con doble tirabuzón más veces de la cuenta, a sabiendas de que, de fallar, la cosa acostumbra a quedar en una cómoda caída, seguida de un fuerte rebote.
Tras meses deshojando la margarita, Trump ha designado a Kevin Warsh como sucesor de Powell, que debe dejar el cargo en mayo. Se antoja imprescindible dar respuesta a unas cuantas preguntas. ¿Qué quiere hacer con la política monetaria? ¿Rendirá pleitesía a Trump (si le ha escogido, será por algo)? ¿Qué podrá hacer, realmente? ¿Debemos temer por la independencia de la institución que liderará? ¿Y qué impacto tendrá todo lo anterior en los mercados financieros?
El funcionamiento de la Reserva Federal no es sencillo: está diseñado precisamente para preservar su independencia. Primero debe ser confirmado por el Senado, y varios senadores republicanos lo han condicionado al cese del acoso, en mayúsculas, al que Trump está sometiendo a la institución desde su llegada. Superado el trámite, se le debe hacer sitio. Powell debe dejar la presidencia, no así su escaño como gobernador, si no lo desea. Sería Stephen Miran, títere de la Casa Blanca (hasta hace nada compaginaba despacho con otro allí, algo inaudito), quien debería dejarle su asiento. Significaría lo anterior asestar un doble golpe al intento de Trump de controlar al organismo monetario.
Se reforzaría la independencia del organismo, algo de vital importancia. Se suele olvidar que el arma más poderosa de un banco central no es ni fijar los tipos de interés ni imprimir dinero: es su credibilidad. Para ser justos, Warsh era sin duda el que menos sospechas despertaba entre los candidatos finalistas. De todas formas, por un tiempo al menos, no debiéramos preocuparnos mucho por eso. El presidente de la Fed tiene un voto de 12, y las decisiones se toman por mayoría simple. Warsh deberá convencer a sus colegas para bajar tipos, no puede imponer su voluntad. No será sencillo. La economía y el mercado laboral siguen robustos, y no les apetecerá correr el riesgo de que se les vuelva a escapar la inflación, que sigue por encima del objetivo.
¿Pero qué quiere hacer Warsh? Le precede la fama de “halcón”, pero sus opiniones parecen depender de quien ocupe la presidencia (alcista en períodos demócratas, bajista en republicanos). Sí tiene unas cuantas convicciones. Una es que la Fed suele llegar tarde porque espera a los datos, en vez de anticiparse. Cree, por ejemplo, ahora que la inteligencia artificial está a punto de provocar tal salto de productividad, que cualquier preocupación por la inflación es estéril. A un servidor le resulta un tanto inquietante pensar en que se va a dictar la política monetaria “apostando” a qué forma toma el futuro. La Fed no se acierta ni a sí misma (el track record de lo que dijeron que iban a hacer en comparación con lo que finalmente hicieron es horroroso). Además, la historia demuestra que las revoluciones tecnológicas tienen impactos macro en forma de “curva J”: inapreciables durante mucho tiempo. La espera se puede hacer larguísima. La inflación suele reaccionar mucho más deprisa.
Está convencido también de que la Fed ha abusado de sus facultades inflando su balance (imprimiendo dinero, para entendernos) hasta niveles injustificables, interfiriendo en decisiones que deberían ser puramente políticas. Cree, pues, que bajar los tipos es fácil, solo hace falta que vaya parejo a la reducción del balance (una cosa neutraliza a la otra). Le habrá sonado a música celestial, a Trump.
Ojalá fuera tan sencillo. El problema es que deshacer balance implica retirar liquidez del sistema. La red de seguridad de la que hablábamos se hace más fina y queda más cerca del suelo. No le gusta tampoco el forward guidance (guiar acerca de los siguientes pasos) porque cree que esclaviza la política monetaria, restándole capacidad de maniobra. Ambas cosas implican que, como mínimo, la volatilidad debería incrementar. Eso sería lo de menos. El riesgo es que el siguiente salto mortal de los inversores (¿la apuesta por la IA?) termine en tortazo. Warsh ha estado criticando el abuso que se ha hecho de la política monetaria desde que dejó la Fed en 2011 (en desacuerdo por los excesos de entonces, en su opinión). Pero “hacer” y “deshacer” son cosas muy distintas. Lo primero es fácil. Lo segundo, sin que se rompa nada, no lo es nada. Veremos qué tal se le da.