¿Es la fiebre inversora en IA una nueva burbuja? - Creand
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¿Es la fiebre inversora en IA una nueva burbuja?

La palabra burbuja ha vuelto a sonar con fuerza en los últimos meses. Cada vez que las bolsas baten récords impulsadas por empresas relacionadas con la inteligencia artificial (IA), muchos analistas recuerdan el año 2000, cuando el entusiasmo por Internet llevó a las acciones tecnológicas a multiplicarse antes de un derrumbe estrepitoso. ¿Estamos viviendo algo parecido?

Una burbuja financiera se produce cuando el precio de un activo —ya sean acciones, viviendas o criptomonedas— se aleja mucho de su valor real porque los inversores compran más por expectativas y emociones que por fundamentos sólidos. Durante un tiempo, los precios suben porque “todo el mundo gana dinero” y nadie quiere quedarse fuera. Pero cuando el entusiasmo se desvanece o llegan malas noticias, los precios caen bruscamente y la burbuja estalla.

En otras palabras: una burbuja es una historia que convence a mucha gente de que esta vez “el futuro será diferente”. Y esta frase suele ser la antesala de una corrección.

Desde que ChatGPT y otras aplicaciones populares demostraron el potencial de la IA generativa, los mercados han premiado de forma desproporcionada a las empresas vinculadas al sector. En 2024 y 2025, compañías como Nvidia, Microsoft o Alphabet se han convertido en las grandes protagonistas de Wall Street y han impulsado el Nasdaq a máximos históricos.

Solo Nvidia, por ejemplo, ha llegado a multiplicar por más de seis su valor en apenas dos años y ha superado el PIB de Alemania o Japón después de alcanzar los 5 billones de dólares de capitalización, situándose como la empresa más valiosa del mundo. Los beneficios crecen con fuerza, pero también lo hacen las expectativas: algunos analistas ya dan por sentado que la IA transformará todos los sectores y justifican valoraciones difícilmente sostenibles a largo plazo.

No sería la primera vez que la innovación tecnológica genera una burbuja. En 1999, el entusiasmo por Internet llevó a miles de empresas sin beneficios a cotizar a precios estratosféricos. Bastaba con incluir “.com” en el nombre para atraer a inversores. Cuando la realidad no cumplió las expectativas, el Nasdaq cayó más del 70 % y muchas compañías desaparecieron.

Un caso distinto ocurrió en 2008, cuando el problema no fue el exceso de optimismo tecnológico, sino el endeudamiento masivo. La burbuja inmobiliaria y la titulización de hipotecas de alto riesgo generaron una crisis financiera global. En ambos casos, el denominador común fue el mismo: una desconexión entre precios y valor real, alimentada por la euforia y la sensación de que los precios solo podían subir.

¿Qué hay de distinto ahora?

A diferencia de 1999, muchas de las empresas que lideran la revolución de la IA sí generan beneficios sólidos y disponen de posiciones de mercado dominantes. Nvidia, por ejemplo, tiene márgenes superiores al 50 % y controla una gran parte del suministro mundial de chips para IA. Además, los bancos e inversores institucionales parecen más prudentes que en ese momento, conscientes de los riesgos de sobrevaloración.

Sin embargo, las similitudes psicológicas son innegables: euforia, concentración del mercado en unos pocos valores y una narrativa de “cambio de era”. Hoy, las siete mayores empresas del S&P 500 superan el 35 % del índice, una concentración que recuerda los excesos de las puntcom. Y aunque los beneficios actuales respalden parte del optimismo, las valoraciones ya descuentan un crecimiento casi perfecto.

La inteligencia artificial promete transformar la economía y crear nuevas oportunidades de inversión, pero la historia nos enseña que toda revolución tecnológica viene acompañada de exageraciones. No se trata de evitar el sector, sino de mantener la cabeza fría: distinguir entre empresas con modelos de negocio sostenibles y aquellas que solo se benefician del entusiasmo pasajero.

Como toda burbuja potencial, el desenlace dependerá de cuánto tiempo dure la fe colectiva de que esta vez, de verdad, «el futuro será diferente».

Diari d’Andorra, 12.11.25