Varios factores han impulsado el aumento global de los rendimientos de la deuda soberana este año, con una aceleración de la tendencia durante el último mes. La inflación persistente ha sido un factor clave, debido en gran parte al aumento de los precios del petróleo a raíz de la falta de acuerdo entre Estados Unidos e Irán. Esto ha llevado a los bancos centrales de todo el mundo a subir los tipos de interés y a adoptar una postura más restrictiva. El fuerte crecimiento económico también ha dado a las autoridades monetarias más margen de actuación. Finalmente, a medida que los déficits públicos siguen aumentando, los inversores exigen mayores rendimientos para compensar el creciente riesgo. Francia es el ejemplo más claro, pero actualmente la mayoría de países están sufriendo ahora las consecuencias de sus propios excesos de gasto fiscal. Analicemos cada uno de estos factores y consideremos cómo podría ser el crecimiento en el futuro.
La inflación se ha vuelto a acelerar en todo el mundo, y la eurozona ha experimentado el aumento más pronunciado entre las principales economías. Desde un mínimo del 1,7 % en enero, la inflación anual subió a un máximo de tres años del 3,8 % en septiembre, superando las estimaciones de consenso. En Estados Unidos, el aumento ha sido menos drástico, pero la última lectura aún mostró un incremento anual de los precios del 3,4 %. El factor determinante ha sido la guerra con Irán, que se ha prolongado mucho más de lo previsto inicialmente, lo que ha hecho aumentar el riesgo de una inflación más persistente a medida que los precios más altos de la energía siguen repercutiendo en la economía.
Los bancos centrales no tuvieron más remedio que subir los tipos de interés el trimestre pasado y adoptar una postura más restrictiva. Con la inflación aún muy por encima de su objetivo del 2 %, sin un final claro a la vista para la guerra y con el error de política de 2022 todavía presente en su memoria (cuando asumieron que el repunte inflacionario posterior a la pandemia sería transitorio y tardaron en reaccionar), los responsables de la política económica se vieron obligados a actuar. El problema es que la inflación está siendo impulsada por un choque de la oferta y no por un choque de la demanda, y subir los tipos de interés no hará que el petróleo fluya con mayor facilidad a través del estrecho de Ormuz.
Es evidente que los consumidores están notando la presión derivada del aumento de los precios de la energía, pero los datos generales siguen apuntando a un entorno económico resiliente ya que el crecimiento está apoyado por diversos factores estructurales. Uno de los más importantes es la rápida expansión de la inversión vinculada a la inteligencia artificial, impulsando la demanda de chips, infraestructura digital y centros de datos. Al mismo tiempo, la necesidad de modernizar y ampliar la infraestructura eléctrica está creando una actividad significativa en el sector energético, especialmente a medida que aumenta la demanda de electricidad por parte de los centros de datos. Otro factor clave es el aumento del gasto gubernamental en aeroespacial y defensa, puesto que las preocupaciones por la seguridad nacional siguen siendo elevadas juntamente con los programas de infraestructuras públicas a gran escala.
Por ahora, estos factores estructurales parecen estar en gran medida inmunes a los efectos de la inflación y a las tasas de interés más altas. Sin embargo, la pregunta clave es si un período prolongado de tasas elevadas podría, a la larga, pasar factura. La inversión en inteligencia artificial, que cada vez se financia más con deuda y, por lo tanto, es más sensible al coste del capital, podría ralentizarse si los costes de endeudamiento siguen siendo elevados. Asimismo, los gobiernos podrían verse obligados a reducir los programas de gasto. Si bien estos motores de crecimiento son vitales para la soberanía nacional, lograr el equilibrio adecuado puede resultar difícil si siguen subiendo las tasas de interés.
Cierre de redacción: 9 de octubre de 2026