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Cuando la seguridad se convierte en educación financiera

Durante las últimas décadas, la educación financiera nos ha enseñado a ahorrar, invertir, gestionar el crédito y planificar el futuro. Ha contribuido, sin duda, a ayudarnos a construir patrimonio.

Sin embargo, mientras la educación financiera evolucionaba, la sociedad experimentaba una transformación silenciosa. Sin grandes titulares, la forma en que accedemos a nuestro patrimonio ha cambiado profundamente.

Hace solo unos años, el control de nuestros activos dependía de una firma manuscrita, de una libreta bancaria o de la presencia física en una oficina. Hoy depende, en gran medida, de un teléfono móvil, de un correo electrónico, de una identidad digital o de un mecanismo de autenticación.

Nuestros activos siguen siendo prácticamente los mismos. Lo que ha cambiado es la manera en que ejercemos su control. Y cuando cambia la manera de ejercer ese control, también cambia lo que hay que proteger.

Como director de Seguridad de una entidad financiera, esta transformación me lleva a formular una reflexión. Si la educación financiera pretende seguir preparando a los ciudadanos para proteger su patrimonio, creo que ha llegado el momento de ampliar su enfoque.

Cuando hablamos de patrimonio, pensamos en dinero, viviendas, inversiones o empresas. Pero existe otro conjunto de elementos que, sin tener un valor económico propio, resultan imprescindibles para acceder a estos activos y administrarlos: el teléfono móvil, el correo electrónico, los mecanismos que acreditan nuestra identidad o los dispositivos desde los que operamos habitualmente.

Me referiré a patrimonio digital como el conjunto de identidades, credenciales, dispositivos y mecanismos de autenticación que permiten ejercer el control sobre el patrimonio económico de una persona.

No hablo de activos digitales ni de criptomonedas. Hablo de los elementos que nos permiten demostrar quiénes somos, acceder a nuestro patrimonio, decidir y actuar sobre él.

Observo cómo han evolucionado los ataques en los últimos tiempos. Cada vez es menos habitual que el objetivo sea únicamente vulnerar un sistema tecnológico. Resulta más eficaz conseguir que sea la propia víctima quien ceda el control de los elementos que le permiten administrar su patrimonio. Una llamada convincente, un mensaje aparentemente legítimo o una identidad suplantada pueden tener más impacto que un ataque puramente tecnológico.

Por eso considero que hoy ya no tiene mucho sentido hablar de seguridad física, prevención del fraude o ciberseguridad como si fueran disciplinas independientes. Todas forman parte de un único modelo de seguridad orientado a proteger a las personas y, a través de ellas, su patrimonio.

No es necesario convertir la educación financiera en un curso de seguridad. Lo que propongo es incorporar una nueva sensibilidad: ayudar a los ciudadanos a identificar su patrimonio digital, protegerlo adecuadamente y desarrollar una cultura crítica frente a los intentos de manipulación.

La transformación silenciosa que ha modificado la forma en que gestionamos el patrimonio también debería transformar la forma en que entendemos la educación financiera.

La educación financiera nos ha enseñado a construir patrimonio. La seguridad debe enseñarnos a conservar su control

 

Diari dAndorra 12.08.26

Escrito por
Pau Pellicer
Director de Seguridad de Creand Crèdit Andorrà