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Va de tipos

Los mercados financieros empiezan a hacerse a la idea de que los tipos de interés serán más altos, durante más tiempo, de lo que habían calculado hasta el momento. Lo anterior tiene una importancia fundamental a la hora de confeccionar nuestras carteras para el medio y largo plazo.

El estallido de la crisis «subprime» en 2008 obligó a los bancos centrales a reducir los tipos de interés oficiales y a inventarse una nueva forma de intervención (antes no habíamos oído hablar mucho de quantitative easing). Entonces, los balances de los diez principales bancos centrales del mundo sumaban cinco billones de dólares, lo que había costado siglos acumular. Esa cifra se multiplicó por seis en unos pocos años, mientras los tipos de interés se estabilizaban a ras de suelo, si no por debajo. Nadie en su sano juicio hubiera adivinado que llegarían a ser posibles, menos durante tanto tiempo, tipos negativos (es decir, que había que pagar para dejar el dinero de uno).  

En estos últimos años lo normal, en muchos de los países desarrollados, han sido, pues, tipos nulos, una inflación desaparecida y bancos centrales de gatillo fácil, dispuestos a acudir al rescate de los mercados al menor problema. Muchos entienden aún el rebote de inflación y tipos como algo coyuntural, hasta que volvamos a tiempos previos, a no muy tardar. Sin embargo, conviene recordar que, mientras los inversores sean humanos (con permiso de la inteligencia artificial), nuestro cerebro tenderá a extrapolar el pasado reciente para imaginar el futuro. Es uno más de los sesgos cognitivos que distorsionan como percibimos la realidad y que condicionan nuestro proceso de inversión.

Haremos muy mal si no entendemos que la próxima década va a ser muy distinta a la anterior. La inflación muy probablemente se estabilizará en niveles por encima del 2 % que tanto ansían Powell y sus colegas. Muchos de los factores que la mantenían atenazada se han revertido. Abundan, además, déficits fiscales mayúsculos que no pueden si no empeorar (parece poco probable que los políticos contengan el gasto en defensa, energías verdes o los compromisos con la población, cada vez más envejecida), que añaden deuda pública, cada vez más abultada. Ello deriva siempre en inflación, ayudando a incrementar el denominador de la deuda que se mide en base al PIB, si la historia sirve de precedente.

Lo anterior es esencial a la hora de escoger nuestras inversiones. De un lado, porque nuestro cerebro nos engaña cuando nos tienta el cupón del 3 o el 4 % como solución final. Previsiblemente no cubrirá la inflación y, por tanto, con el tiempo deteriorará gravemente la capacidad adquisitiva de nuestros ahorros. No queda otra que asumir riesgo si queremos ganarles la partida a las subidas de precios. Pero, de otro lado, debemos ser más exigentes que antes con los activos de riesgo – carece de sentido asumirlo, si van a darnos poco más que un fondo monetario. Es por ello que mantenemos una posición prudente en nuestras carteras. Nos parece que, en general, nos pagan mal por asumir riesgo y bien por esperar a que lleguen oportunidades, que tarde o temprano aparecerán. Aprovecharemos entonces para alargar duración o asumir riesgo de crédito, o incrementar la exposición a la renta variable (con un poco de suerte, todo lo anterior), que nos permita construir rendimientos futuros atractivos.

Tribuna publicada en Citywire 13.10.2023

Escrito por
Autor post
David Macià
Director de Inversiones y Estrategia de Mercados de Creand Asset Management en Andorra