Cuando hablamos de elasticidad en microeconomía, no nos referimos a la capacidad de hacer el puente en una clase de pilates. No. Aquí, la elasticidad mide cuánto cambia una cosa (por ejemplo, la cantidad demandada de un bien) cuando cambia otra (como su precio, la renta del consumidor o el precio de un producto relacionado). En otras palabras, es la sensibilidad, la hipersensibilidad, incluso, de los agentes económicos ante determinados estímulos.
La más conocida es la elasticidad precio de la demanda. Esta joya nos dice cuánto varía la cantidad demandada de un bien cuando cambia su precio. Si sube el precio de las patatas y la gente deja de comprarlas como si tuvieran guindilla, decimos que la demanda es elástica. Por el contrario, si sube el precio y la gente sigue comprándolas como si no pasara nada, la demanda es inelástica.
¿Y cómo se calcula esta maravilla? Fácil. Se usa esta fórmula:

Si el resultado es mayor que 1, la demanda es elástica (cambia mucho). Si es menor que 1, es inelástica (cambia poco). Si es igual a 1, estamos ante una demanda unitariamente elástica, lo cual no emociona a nadie, pero a los economistas nos gusta mencionarlo para que no se sienta excluida.
¿Y por qué esto es importante? Porque afecta directamente a los ingresos. Si tienes un producto con demanda inelástica (como la gasolina), puedes subir el precio y ganar más. Pero si vendes helados en la playa y te entusiasmas con los precios, puede que acabes con todos los conos fundidos y cero ingresos.
Además de la elasticidad precio de la demanda, existen más tipos. Tenemos la elasticidad precio de la oferta, que mide cómo reaccionan los productores ante los cambios en el precio. Si el precio sube y los productores se vuelven locos fabricando más, la oferta es elástica. Si ni se inmutan, es inelástica. Y, por supuesto, también está la elasticidad ingreso de la demanda, que nos dice cómo cambia la demanda cuando cambian los ingresos. Si ganas más y compras más sushi, este bien es normal y tiene elasticidad positiva. Si ganas más y dejas de comprar fideos instantáneos, este bien es inferior (y tu paladar te lo agradece).
Incluso podemos hablar de la elasticidad cruzada, que analiza cómo cambia la demanda de un bien cuando varía el precio de otro. Si sube el precio del café y aumenta la demanda de té, ambos bienes son sustitutos. Si sube el precio de las impresoras y cae la demanda de cartuchos, son complementarios. Y si no cambia nada, quizás no estaban relacionados… o el consumidor está confundido.
Un apunte para los curiosos: la elasticidad es una herramienta útil pero derivada del comportamiento humano, que es lo verdaderamente importante. La elección individual, subjetiva y contextual, es el verdadero motor. La elasticidad nos da pistas, pero nunca sustituye al juicio de los agentes en el mercado. Y aunque parezca matemática pura, en el fondo habla de decisiones, deseos y prioridades. Es decir, habla de nosotros.
Un ejemplo. Imagínate que sube el precio del pan. En la teoría convencional, si la demanda baja mucho, diremos que es elástica. Pero con espíritu crítico, preguntaría: ¿Por qué exactamente la gente está dejando de comprar pan? ¿Es por un cambio en las preferencias? ¿Han descubierto una dieta sin gluten? ¿Hay miedo a la inflación? ¿Un TikTok viral ha recomendado hacer ayuno intermitente? La elasticidad capta el «qué», pero no el «por qué». Y es ese «por qué» lo que realmente importa si queremos entender la economía como ciencia de la acción humana. La elasticidad no actúa, no elige, no sueña con unas vacaciones en la playa. Las personas, sí. Así que sí, la elasticidad es útil… pero con precaución. No es el oráculo de Delfos. Es más bien una linterna que ilumina parte del camino.

Artículo publicado en el Diari d’Andorra 14.05.2025