Trump anunció hace unos días el mayor incremento de aranceles desde el siglo XIX, lo que sacudió a los mercados financieros, temerosos de que acabara por provocar una recesión global. Pero lo más relevante son los cambios tectónicos que se derivan de ello, a varios niveles. Vayamos por partes.
En cuanto a los aranceles, ante todo es importante recordar que no son más que un impuesto que normalmente gravan las mercancías que entran en un país. La administración americana los justifica como herramienta esencial para recuperar los puestos de trabajo perdidos en las últimas décadas con la globalización. Pueden servir para recaudar (como todos los impuestos), pero poco más. Uno no mueve una fábrica como quien hace una mudanza. Para empezar, es necesario que sea rentable: el salario mínimo de los americanos no es el de Bangladés, y las fábricas que vuelvan lo harán llenas de robots. Es necesario replicar las relaciones con los proveedores necesarios. Pueden llegar a ser miles, en múltiples países. Además, es una decisión a largo plazo, y a Trump le quedan cuatro años. En teoría, vaya, siempre que uno respete la constitución: declaró recientemente que «hay soluciones» para acceder a un tercer mandato, prueba del talante del personaje. Mientras los beneficios, si los hay, tardarían años en verse, los inconvenientes son inmediatos. Lo más evidente, en forma de un incremento de precios generalizado (no solo subirán los precios de los bienes “extranjeros”, muchos de los bienes fabricados en EE. UU. importan componentes). Millones de americanos tendrán que pagar las neveras (y otras muchas cosas) mucho más caras, para que unos pocos puedan trabajar haciéndolas.
La tentación de los otros países puede ser contraatacar con aranceles sobre las importaciones americanas, empeorando aún más las cosas. De nuevo, un arancel encarece las cosas para los ciudadanos del país que los impone. Es como estar en un duelo del Far West con pistolas estropeadas. Si pulsas el gatillo, te pegas un tiro en el pie. Da igual que el otro te esté apuntando antes de disparar. No te hace más inteligente que tú también dispares: la cosa termina con ambos en el hospital.
Puede que los aranceles sean solo una técnica para intimidar al contrario, también, y hacer que cedan a las pretensiones de Trump. De hecho, en diplomacia existe la “teoría del hombre loco” (en inglés suena mejor, “madman theory”): sentarse a negociar con alguien que crees que puede hacer cosas irracionales (porque le perjudican a sí mismo, por ejemplo). No debe ser fácil, y la tendencia a hacer concesiones es mayor. A Trump le encaja como un guante. Pero no creemos que sea (solo) una técnica para negociar: buena parte de los aranceles anunciados se quedarán. Por convicción ideológica, por más equivocada que sea, pero también porque es una pieza esencial en la estrategia para reducir el déficit y/o bajar impuestos, otras de las promesas electorales que están por venir.
Los mercados caen asustados porque, en definitiva, puede acabar en recesión. Nada debería ser nada dramático. El punto de partida era muy bueno: sin desequilibrios previos importantes en el sector privado, paro a mínimos y crecimiento por encima de lo normal. El avión volaba lo suficientemente alto como para admitir sacudidas sin acabar estrellado, vaya. Lo peor es la incertidumbre actual. Cuanto más se alargue, mayor será la parálisis de los empresarios, que no invertirán (ni contratarán) mientras tanto.
Así pues, puede haber recesión, pero debería ser relativamente suave, y centrada en EE. UU. Y quedarán aranceles, negociados a la baja. Con el tiempo necesario, todo el mundo se adaptará. Tampoco debería ser mayor problema. Lo realmente relevante es que Trump está dinamitando el orden actual, antagonizando incluso a aliados históricos. Estamos en un momento histórico en el que muchas cosas van a cambiar, y en el que China puede salir ganando, ocupando una parte del vacío que los americanos están dejando. El problema es que el sistema financiero actual está montado en el dólar como epicentro del mismo. Todas las carteras del planeta están repletas de activos americanos, y si inversores deciden volver a balancear carteras demasiado rápido, las consecuencias podrían ser muy importantes. Tendremos que estar alerta.

Artículo publicado en el Diari d’Andorra 23.04.2025