Durante años, nos han repetido que la clave para tener una buena salud financiera es ahorrar; y es cierto…, pero solo a medias. Ahorrar no es lo mismo que acumular dinero en una cuenta corriente, porque cuando el dinero está parado durante mucho tiempo, la inflación lo va reduciendo silenciosamente. Es decir, aunque el saldo no baje, con el paso de los años ese dinero nos permite comprar menos cosas. Por eso, guardarlo sin hacer nada no es suficiente.
Este es uno de los errores más comunes, especialmente entre las personas que creen que “no saben de finanzas” y no saben por dónde empezar. La buena noticia es que no es necesario ser experto ni disponer de grandes cantidades para dar los primeros pasos; todo el mundo puede invertir. Para empezar deben ordenarse los ingresos y los gastos, crear un colchón para imprevistos y después plantearse cuáles son las alternativas adecuadas a la situación de cada uno para que esos ahorros no pierdan valor con el tiempo. Invertir sigue siendo una palabra que impone respeto. A menudo se asocia a grandes patrimonios y a gráficos complicados, pero es una herramienta para que el dinero trabaje a nuestro favor y hay muchas maneras de hacerlo; no todas implican grandes riesgos ni grandes cantidades. Lo más importante es eliminar la idea de que “esto no es para mí” y empezar a informarse, porque hay soluciones para todos. Hazlo siempre en fuentes fiables y busca profesionales del sector y, sobre todo, huye de productos que prometan beneficios espectaculares en muy poco tiempo.
Uno de los conceptos clave para invertir con tranquilidad es la diversificación, y diversificar no es más que no poner todos los huevos en la misma cesta. Al igual que no es óptimo que toda nuestra estabilidad económica provenga de una sola fuente de ingresos (por eso hablamos de invertir el dinero para que trabaje por nosotros), no es bueno concentrar toda nuestra inversión en un único lugar. Es importante evaluar qué perfil de riesgo tenemos y entonces buscar el producto más adecuado a nuestras necesidades. Existen productos altamente diversificados que permiten proteger el capital, hacerlo crecer de manera sostenible y que nos aportan estabilidad y tranquilidad. Es conveniente saber que existen productos para cada tipo de cliente.
Porque la tranquilidad financiera no depende solo de cuánto se gana, sino de cómo se planifica y cómo se invierte. Hay personas con ingresos muy altos que viven con estrés constante, mientras que otras con ingresos más modestos disfrutan de calma y control. La diferencia suele estar en la planificación y los hábitos. Saber cuánto dinero entra, cuánto sale, qué porcentaje invertimos y cuáles son nuestros objetivos financieros nos permite tomar decisiones para acercarnos al bienestar financiero. Pero eso no nos lo han enseñado, y hoy, más que nunca, la educación financiera se ha convertido en una necesidad, ya que vivimos en un contexto de inflación, cambios constantes e incertidumbre económica. Entender los conceptos básicos nos permite tomar decisiones más conscientes y no dejarnos llevar por el miedo o titulares alarmistas.
Esta educación es importante a cualquier edad, aunque nuestras prioridades cambian con el tiempo. A los 20 años solemos priorizar la independencia, a los 30, la estabilidad, y a partir de los 40, la protección del futuro, pero cuanto antes incorporemos estos conceptos, mejor viviremos. Algo que merece una atención especial es la educación financiera de los hijos, que puede empezar con algo tan sencillo como enseñarles a ahorrar para un objetivo y hablar de dinero con naturalidad; cuanto antes sean conscientes del impacto que tiene en su vida, mejor.
En definitiva, las finanzas personales no son fórmulas mágicas, sino conocimientos, hábitos y decisiones conscientes, y cuanto antes empecemos a entenderlas, más tranquilidad ganaremos.