Lo primero que sientes al entrar en L’espai es una magia difícil de describir. Aunque a simple vista hay mesas, sillas, ordenadores y un conjunto de salas que a primera hora de la mañana están vacías y podrían parecer las de una pequeña escuela, basta una fracción de segundo para darte cuenta de que va mucho más allá. Enseguida te invade una energía especial, notas cómo de repente te llegan las vibraciones de muchísima gente y entiendes en un instante que lo forman todas las personas que han pasado por allí en algún momento, las que acudirán a lo largo del día para participar en las actividades y las que incluso pasarán allí mañana y tarde.
Lo mejor de todo es que allí se reúnen hombres y mujeres mayores de 60 años con ganas de aprender, personas que mantienen intacta una inquietud inequívocamente sana, pero que no solo vienen a recibir clases, realizar cursos y tomar apuntes, sino también a aportar. Entran con los brazos abiertos, dispuestas a establecer nuevas relaciones y a construir vínculos que comienzan aprendiendo a utilizar el móvil y acaban compartiendo mesa para comer al acabar la clase. El primer contacto suele ser prudente, pero pasan muchos menos días de los que os imagináis hasta que empiezas a tener la sensación de que más de uno y más de una podrían llegar a su primera clase y, al terminar, sacar el táper para comer con los monitores y quedarse a esperar a que empiece la clase de la tarde.
L’espai es un punto de encuentro donde la confianza viaja a la velocidad de la luz y sin riesgo de hacerse daño. La teoría inicial de que los alumnos vienen a aprender y los formadores a enseñar se convierte en una simbiosis perfecta y bidireccional una vez verbalizada la primera conversación informal. Resulta más que sorprendente ver. cómo quien se sienta a escuchar cómo puede organizar mejor sus archivos, entrar en el mundo de la inteligencia artificial, estar mejor informado o entender mejor sus emociones, al salir de clase, se convierte en un maestro perfecto o una maestra perfecta para sus profesores. Y lo hace sin barreras. Todo el mundo está dispuesto a compartir una experiencia, a explicar cómo ha vivido las últimas semanas o cómo las vivía hace treinta años. Es una avalancha de conocimiento y sabiduría que abre infinitas vías de pensamiento, de trato humano, de comprensión del país y del entorno. Y, lo mejor de todo: un lugar seguro donde cualquier persona, tenga la edad que tenga, puede expresarse, sentirse útil y encontrar apoyo al mismo tiempo. Un oasis que a nosotros nos enseña que mantener la mente activa hoy será fundamental para vivir mejor mañana.
Y todo esto lo vivimos tanto dentro como fuera de L’espai, con actividades en la naturaleza, salidas culturales y charlas de especialidad que nos demuestran, de forma meridiana, que las preocupaciones y los anhelos de los usuarios son también los nuestros. Y, si no lo son, deberían serlo.
Más allá de las actividades puramente formativas, y para que la rueda no deje nunca de girar, el voluntariado aporta una infinidad de propuestas de las que somos testigos cada día. Cada semana y durante un buen rato, cobran protagonismo la historia del arte, el italiano, el dibujo y el francés. Cuando llega la Navidad, un grupo de usuarios convierte desinteresadamente L’espai en un belén. Y aún encuentran tiempo para proponer excursiones a Andorra, Barcelona y Francia, demostrándonos que compartir y aprender es una experiencia que se vive las 24 horas del día, los siete días de la semana y en todos los ámbitos. ¿Os imagináis la alegría que sentimos cuando, tras una semana sin clases, la gente vuelve y nos dice que nos ha echado de menos? Creednos, nosotros también los echamos de menos. De verdad, todo esto es, muy resumidamente, lo que nos provoca el día a día en el trabajo, desde que encendemos las luces de L’espai hasta que apagamos el último interruptor.
¿Y de dónde nace? ¿Por qué? ¿Gracias a quién? Pues nace de la voluntad de devolver a la sociedad todo lo que ella nos ha aportado. Y se hace realidad gracias a Creand Fundació, que, en un mundo cada día más individualista, decide poner en marcha la maquinaria pensando exclusivamente en los demás y en qué puede hacer para mejorar, aunque sea un poquito, la vida de quienes nos rodean. L’espai es una de las muchas iniciativas que surgen de una entidad con una sensibilidad admirable y un saber hacer con un sello único. Para nosotros, pensar que aportamos nuestro pequeño granito de arena a este proyecto es motivo de un enorme orgullo. Es la satisfacción de formar parte de este pequeño gran paraíso en el que vivimos con los demás y para los demás, y donde absolutamente todo el mundo que participa piensa más en dar que en recibir. Sin duda, tener un espejo en el que mirarse es todo un regalo.
Artículo publicado en el Diari d’Andorra el 22.10.2026