El impacto del conflicto en Oriente Próximo (especialmente en torno al Estrecho de Ormuz e Irán) sobre el precio del petróleo es muy interesante porque se aprecia una desconexión histórica entre el mercado físico y el financiero motivada por una escasez inmediata de barriles.
El punto clave sobre la situación actual y sus diferencias respecto a dinámicas de años anteriores es el impacto enorme que tiene el conflicto. Seis semanas después del inicio de las hostilidades, la magnitud del «shock» de oferta es masiva. Se estima que permanecen cerrados 13 millones de barriles diarios de producción. Las pérdidas acumuladas ascienden a 550 millones de barriles, repartidos entre crudo (350M) y productos refinados como diésel y combustible para aviones (200M). Aunque se han observado salidas puntuales de buques por el Estrecho de Ormuz, la falta de acuerdos diplomáticos completos y la retórica de bloqueo sugieren que la recuperación de las exportaciones será lenta.
Ese impacto enorme explica la anomalía de precios entre el petróleo «físico» y el petróleo «papel» (futuros). La principal característica de este conflicto es la divergencia sin precedentes en el complejo Brent. Mientras que el futuro del ICE Brent (petróleo «papel») cotiza alrededor de los 100 dólares por barril, el petróleo físico cotiza por encima de los 130 dólares.
Esta brecha de más de 30 dólares es un máximo histórico (lo normal son +/- 3 dólares por barril). No se trata de un mercado roto, sino de un sistema que identifica dónde es más agudo el problema: la escasez inmediata. Las refinerías en Europa están luchando por conseguir cargamentos físicos disponibles ahora para sustituir los barriles perdidos del Golfo, lo que dispara las primas de pronta entrega.
¿Por qué es diferente a años anteriores? A diferencia de crisis previas donde todo el complejo de precios subía al unísono, esta vez el mercado financiero (futuros) muestra cierta contención y refleja la creencia de que el flujo por Ormuz se restaurará a medio plazo. Sin embargo, el mercado físico está en un estado de backwardation extremo (el precio actual es mucho más caro que el futuro).
Existe una problemática adicional que también es muy llamativa. Se observa una migración del estrés. El conflicto empezó como un problema de acceso al petróleo para Asia, pero ahora se ha desplazado al Atlántico. Asia está «succionando» barriles de la cuenca atlántica (como el WTI Midland de Estados Unidos), lo que encarece el Brent físico en Europa de forma violenta.
Además, hay que tener en cuenta la logística y los fletes. El coste de mover el petróleo y la interrupción de las cadenas de suministro han fragmentado el mercado. Reiniciar estas rutas tras un bloqueo no es instantáneo. Llevará meses (se estima que hasta octubre) alcanzar una normalización.
Todo esto hace que existan unas nuevas reglas del juego. La gran diferencia estructural para el futuro es que, incluso si el Estrecho de Ormuz se reabre, el mercado no volverá a la «normalidad» anterior. La percepción de riesgo ha cambiado y, por tanto, existirá una prima estructural si Irán mantiene influencia sobre Ormuz. El 20% del suministro global queda expuesto. Esto otorga al Brent una prima de riesgo permanente. Además, se van a establecer unos inventarios estratégicos. Los países tenderán a aumentar sus reservas de seguridad, de modo que se elevará la demanda estructural y se mantendrán los inventarios comerciales más ajustados.
En conclusión, el conflicto ha elevado la estimación de precios para el petróleo no solo en el corto plazo, sino también a medio y quizá largo plazo debido a una mezcla de escasez física real y un cambio en la psicología de seguridad energética global.
Cierre de redacción 20 de abril del 2026